Identidad y cultura

“El nivel de vida de la población rural mejoró mucho después de 1950, pero el progreso de la España urbana fue tan rápido que […] la brecha entre las zonas rurales y urbanas probablemente tendió a hacerse más grande. Además, las expectativas en torno esta brecha urbano-rural también se hicieron más nítidas, dando base material a un conjunto de valores culturales que identificaban el progreso y la modernidad con la ciudad”.

En esta cita del libro ‘¿Lugares que no importan?’, los historiadores Fernando Collantes y Vicente Pinilla señalan otro de los ingredientes fundamentales en el proceso de vaciamiento de la España rural: su dimensión cultural.

Más allá de que los ingresos que podían obtenerse en las ciudades fueran mayores, otros factores como el acceso a bienes y servicios de distinto tipo, o las oportunidades educativas y socioculturales en los municipios más grandes abrían la puerta a un cambio en el estilo de vida para quienes abandonaran el campo en favor de los núcleos urbanos.

Algunos autores han llamado a esta brecha campo-ciudad ‘la penalización rural’. A partir de los años sesenta, el aumento de los niveles de renta, la incipiente industrialización y el acceso a algunos mercados internacionales permitieron un crecimiento acelerado de los niveles de consumo de los españoles. Aunque la pobreza y la necesidad persistían en muchas zonas del país, numerosos hogares accedieron a bienes de consumo como los electrodomésticos o los automóviles, que además actuaron como indicadores de estatus y de progreso.

Debido a su relación con los niveles de renta, que eran mayores en las áreas urbanas, este crecimiento en el consumo se dio antes y de forma más intensa en las ciudades. Todavía en los años noventa, destacan Collantes y Pinilla, era palpable esta huella en el atraso del mundo rural: no sólo existía un menor acceso a innovaciones tecnológicas de la época, como el vídeo o el ordenador personal, sino incluso a lavadoras o automóviles.

Una brecha tecnológica que además continúa presente a día de hoy, por ejemplo en la cobertura de internet. Según los datos del Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, provincias como Galicia, Asturias, Castilla y León, Aragón, Extremadura o Castilla-La Mancha presentan coberturas de banda ancha más un 10 % inferiores a las del resto de España, una diferencia que se agranda aún más en el caso de la cobertura 5G.

Educación, sanidad y transportes

Todos estos cambios tuvieron un impacto emocional e identitario especialmente fuerte en las comunidades rurales de origen, apunta el investigador de la Universidad de Salamanca, Álvaro Sánchez García. En ellas, al existir lazos interpersonales más fuertes que en las áreas urbanas, la despoblación y la pérdida de servicios implicaron “un hastío emocional mayor”, que a su vez pudo influir en la decisión de migrar.

Además, desde la década de los sesenta en el campo se fue fraguando una identidad inferior frente a la de las ciudades, fruto de la brecha de desarrollo existente. Si vivir en la ciudad era sinónimo de progreso y de acceso a los últimos bienes de consumo y servicios, hacerlo en el mundo rural implicaba formar parte del retraso, de una España que muchos deseaban dejar atrás.

En los últimos años, sin embargo, esta identificación entre lo rural y lo atrasado parece haber cambiado para un sector de la población española. La ‘España vaciada’ ha entrado en el debate público desde una posición de mayor igualdad con el mundo urbano y ha aparecido el fenómeno contrario: una incipiente migración ciudad-campo, pequeña aunque significativa. En algunos casos, alerta Sánchez, este fenómeno ha venido de la mano de una “romantización de lo rural” al servicio de los negocios de turismo y servicios, sin que dicha afluencia de personas tenga “por qué tener impacto alguno en la mejora estructural de las condiciones materiales” de las zonas afectadas. A pesar de ello, algo parece estar cambiando para la ‘España vaciada’.