Evolución demográfica

En 1950 España contaba con 28 millones de habitantes, una cifra que ha crecido un 75 % desde entonces: el 1 de abril de 2025 el Instituto Nacional de Estadística (INE) cifraba en más de 49 millones el número actual de personas que viven en nuestro país.

Este crecimiento demográfico se ha producido en paralelo al aumento de la población en el planeta, que se ha triplicado en el mismo período. Su distribución territorial, sin embargo, ha sido heterogénea: la mayoría de los municipios españoles han sufrido una despoblación sostenida desde mediados del s. XX en favor de los centros urbanos más grandes, que han concentrado el grueso de la industria y el empleo, y de algunas regiones costeras.

Las áreas rurales interiores han sido las principales afectadas por esta despoblación, y es que una mayoría de las localidades de este tipo en Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura, La Rioja, Aragón, Cantabria, Asturias y el este de Galicia presentan una tasa negativa de crecimiento poblacional desde la década de los años cincuenta. Los municipios costeros de estas comunidades autónomas muestran, por su parte, un comportamiento dual: si bien muchos de ellos, con la excepción de los de más de 50.000 habitantes, cuentan con una tasa negativa también, su densidad de población es intermedia, por lo que difícilmente podríamos hablar de localidades vaciadas.

El aumento de la población en los últimos 75 años se ha concentrado, en cambio, en los grandes centros urbanos como Madrid, Barcelona o Valencia, que han contado históricamente con una mejor oferta laboral; en el litoral Mediterráneo; en zonas económicamente florecientes como el País Vasco, y en los archipiélagos balear y canario. Además de contar con un crecimiento demográfico superior a la media española, estas regiones poseen las densidades poblacionales más altas del país.

La comunidad autónoma de Andalucía, por su parte, representa un caso particular: mientras numerosos municipios han sufrido la despoblación desde mediados del s. XX, especialmente en su zona noroeste y este, en otros muchos la tendencia ha sido la opuesta, sobre todo en las zonas costeras, los grandes núcleos urbanos como Sevilla o Málaga, y en el valle del Guadalquivir.

Una despoblación en dos fases

Pero no es posible entender el vaciamiento rural español sin situarlo en el contexto de las grandes transformaciones demográficas que tuvieron lugar en Europa en el s. XX. Entre 1850 y 1950, la población rural en nuestro continente siguió aumentando, aunque cada vez más lentamente. Por el contrario, las ciudades crecían rápidamente al calor de una industrialización y una urbanización cada vez más fuertes, que hicieron que, tras la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente la mitad de los europeos vivieran en ciudades, según apuntan los historiadores Fernando Collantes y Vicente Pinilla.

Aunque fue en este período cuando se registraron los primeros episodios de despoblación rural en regiones como las islas británicas o Francia, no sería hasta después de 1945 cuando este fenómeno cobrase dimensión continental y comenzase el declive de muchos pueblos y la emigración de miles de españoles tras el fin de la Guerra Civil y el comienzo de la dictadura franquista. El fotógrafo Manuel Ferrol sería uno de los que retratase en mayor medida esta dura situación.

Más tarde, en la época de los años cincuenta, la pérdida de la población rural en España se acentuó mucho más. Detrás de esta tendencia se encontraba una fuerte migración campo-ciudad, impulsada por la nueva industrialización del país y un proceso de urbanización, que requería mano de obra abundante y barata. Este proceso empujó a millones de residentes rurales a poblar los nuevos barrios de las grandes urbes, mientras sus municipios de origen perdían una parte significativa de su población, especialmente la más joven.

Este flujo migratorio se intensificó con los años hasta alcanzar su máximo en las décadas de los sesenta y los setenta -estos dos decenios concentraron el 75 % de las pérdidas poblacionales entre 1950 y 1991-, según recuerdan los economistas Eduardo Bandrés y Vanessa Azón en su estudio sobre ‘La despoblación de la España interior’.

A comienzos de los años ochenta, sin embargo, la intensidad de la migración interior se redujo significativamente, aunque muchas áreas rurales continuaron perdiendo habitantes como consecuencia del envejecimiento de sus poblaciones, como señalan Collantes y Pinilla. La época de la reconversión industrial española coincidió en general con un estancamiento progresivo de la despoblación rural, que se ha mantenido desde entonces a pesar de una breve tendencia al alza en los habitantes de la ‘España vaciada’ a comienzos del s.XX y una nueva caída en los años posteriores a la crisis económica de 2008.